No hace falta que llegues confiando
Hay una idea muy extendida sobre la terapia: que primero se construye la confianza y luego, una vez resuelto ese trámite, empieza el trabajo de verdad.
En mi experiencia funciona casi al revés.
Si has llegado hasta aquí es probable que en algún momento alguien importante no estuviera cuando lo necesitabas. Que aprendieras pronto que era más seguro arreglártelas sola. Que confiar te haya salido caro alguna vez.
Si eso es así, pedirte que confíes antes de empezar sería pedirte que estuvieras curada para poder curarte. No funciona así. La desconfianza no es el obstáculo previo a la terapia: muchas veces es exactamente el material con el que hay que trabajar.
Puedes venir dudando. Puedes venir pensando que esto no te va a servir, que ya lo has intentado, que nadie va a entender lo tuyo. Todo eso cabe en la sala y no hay que dejarlo en la puerta.
Por qué el vínculo pesa más cuando la herida es relacional
Con algunas dificultades, la relación con quien te atiende importa poco. Si te rompes un tobillo, lo relevante es que el traumatólogo sepa lo que hace.
Pero cuando lo que duele se formó dentro de una relación —haber crecido pendiente del estado de ánimo de los demás, no sentirte suficiente, aprender a no dar problemas, que te fallaran cuando dependías— entonces el vínculo deja de ser el medio para hacer el trabajo. Pasa a ser el trabajo.
Porque lo que te ocurre con la gente va a ocurrir también aquí, en pequeño. Aparecerá el impulso de quedar bien conmigo. Las ganas de decirme que estás mejor para no decepcionarme. La tentación de contarme la versión ordenada. El momento en que algo que digo te siente mal y no me lo dices.
Nada de eso es un fallo de la terapia. Es la terapia: es la única ocasión en que ese patrón se puede ver en el momento exacto en que está sucediendo, con alguien dispuesto a mirarlo contigo en lugar de reaccionar como reaccionan fuera.
Qué es una buena relación terapéutica (y qué no)
No es que nos llevemos bien. Se puede tener una relación cordial durante meses y no estar trabajando nada.
No es que todo fluya. Los momentos en que algo se atasca entre nosotras suelen ser los más útiles, si se pueden nombrar.
No es que yo dirija y tú sigas. No soy quien sabe lo que tienes que hacer con tu vida; soy quien tiene un oficio para acompañarte a averiguarlo. Lo que sí me corresponde es sostener el encuadre, cuidar el ritmo y parar cuando hay que parar.
Lo que sí es: un sitio donde puedas decir lo que no dices en ningún otro sitio, incluido lo que tengas que decirme a mí.
Cuando algo se rompe entre nosotras
sto pasa. En una terapia larga, pasa seguro.
Un día interpreto algo por donde no iba. Otro día digo una frase que te toca de una manera que no preví. O tú faltas dos semanas seguidas y no sabes muy bien por qué te cuesta volver.
Lo importante no es que no ocurra —no existe una terapeuta que no meta la pata—, sino que se pueda hablar. Que puedas decirme «eso que dijiste el otro día no me sentó bien» y que yo pueda escucharlo sin ponerme a la defensiva.
Para muchas personas esa es la primera vez en su vida que un conflicto en una relación importante no termina ni en ruptura ni en silencio. Y esa experiencia, vivida y no explicada, cambia cosas que ninguna interpretación mía cambiaría.
De dónde me viene esta manera de mirar
Me formé en Gestalt en Barcelona, en la escuela que entonces se llamaba Aula Gestalt y que más tarde pasó a ser Escola Taller de Gestalt.
La Gestalt puso en el centro algo que en su momento fue poco habitual: que lo que sucede entre las dos personas de la sala, ahora mismo, es información de primera mano y no un adorno del trabajo serio.
Eso sigue siendo la base de cómo trabajo, también cuando incorporo EMDR. De hecho, cuanto más se va a tocar lo que duele, más importa la calidad de ese vínculo: es lo que hace posible acercarse a lo difícil sabiendo que hay alguien sosteniendo el otro extremo.
Si estás valorando empezar
La primera sesión también te sirve a ti para esto: para notar cómo te sientes conmigo. No es un detalle menor y no hay que decidirlo el primer día.
Si al cabo de unas sesiones notas que no encajamos, dímelo. No me lo tomo como un fracaso tuyo ni mío, y te oriento hacia dónde tiene más sentido que vayas.
Puedes escribirme o llamarme antes de reservar nada y preguntar lo que necesites.
