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Por qué necesitas algo cada noche para desconectar

No es falta de voluntad, es una solución que funcionó demasiado bien.

La cocina está recogida. No queda nada pendiente. Mañana hay que volver a empezar, pero ahora mismo la casa está en silencio y este rato es tuyo.

Ya hace rato que estás deseando este momento. Necesitas «descansar».

La copa de vino. El móvil hasta las tantas. Lo que quede en la nevera. Casi siempre es lo mismo. Algo que te traiga un poco de alivio instantáneo.

No te preocupa especialmente. Funcionas. Nadie de fuera diría que hay un problema.

Lo que sí pasa es que al día siguiente aparece culpa: la pregunta de por qué no pudiste controlarlo. Y algo más de fondo, que pesa distinto — la sensación de que hay algo mal en ti por necesitarlo. Eso segundo no se explica con lo que pasó ayer. Viene de mucho antes.

Y entonces llega la frase de siempre: tendría que tener más voluntad.

Quiero proponerte otra manera de mirarlo, porque llevo años viendo lo mismo en consulta y casi nunca tiene que ver con la voluntad.

Lo que haces a las once de la noche no es un defecto de carácter. Es algo que aprendiste a hacer porque funcionaba. Te bajaba el ruido. Y funcionó tantas veces que ya no hace falta que lo decidas: se pone en marcha solo.

Lo que eso mantiene lejos

Cuando algo se repite todas las noches, lo interesante no es lo que trae. Es lo que no deja llegar.

Durante ese rato, no hay nada que resolver.
A veces el espacio se llena de cansancio y ya está. Otras veces se llena de otra cosa: una inquietud sin nombre, una escena antigua, una conversación que no tuviste, la sensación de estar sola de una manera que no sabrías explicar.

No siempre es algo dramático. A menudo ni siquiera llegas a verlo, porque justo antes de que aparezca ya has abierto la nevera o servido la copa.

Eso es lo que hace: no te da algo, te evita algo.

Y lo que evita casi nunca es de hoy. Suele ser bastante más antiguo — algo que aprendiste a no sentir hace mucho, cuando sentirlo no te servía de nada porque no había nadie delante para sostenerlo.

Para qué sirve, exactamente

Si lo miras de cerca, no siempre hace lo mismo.

A veces baja el volumen. Llegas al final del día con el cuerpo todavía en marcha, como si no supiera parar, y eso lo apaga en veinte minutos. Es lo más parecido a un interruptor que has encontrado.

A veces te aleja. Hay cosas que vuelven solas —imágenes, recuerdos, una angustia que aparece sin motivo— y esto te cambia de sitio. No las resuelve; te saca de ahí un rato.

Y a veces hace lo contrario de lo que parece: te deja sentir. Hay quien solo llora después de la segunda copa. Quien solo se permite estar enfadada ahí.

Las tres son razonables. Ninguna es un capricho. Cada una está resolviendo un problema real, y por eso funciona.

Por qué se repite aunque no quieras

La primera vez lo decides. La número doscientos ya no.

Cuando algo alivia de verdad y se repite mucho, el cuerpo aprende el atajo. Y a partir de ahí no hace falta pensarlo: llega cierta hora, cierto cansancio, cierta discusión, y ya está en marcha antes de que tú tengas nada que opinar.

Por eso te sorprendes a ti misma con la copa ya servida sin recordar haber decidido servirla. No es despiste. Es que esa parte dejó de pasar por donde tú decides.

No es una pelea justa, y perderla no dice nada sobre tu carácter.

Aquí es donde quiero que te quites algo de encima.

Cuando intentas dejarlo con fuerza de voluntad, crees que estás peleando contra una mala costumbre. No es eso. Estás peleando contra algo que funcionó. Que te sostuvo noches que no sabías cómo pasar.

Por eso la balanza está trucada. De un lado, una decisión que tomas por la mañana con buena intención. Del otro, un alivio que ya ha demostrado cien veces que cumple. No es una pelea justa, y perderla no dice nada sobre tu carácter.

Y hay algo más incómodo: cuanto más duele lo de debajo, más imprescindible se vuelve eso que lo tapa. No porque te guste, sino porque es lo único que te ha funcionado, lo único que te ha sacado del malestar.

De ahí que quitarlo por la fuerza, sin tocar nada más, casi nunca aguante. Lo que había debajo sigue ahí, y sigue necesitando que alguien lo apague.


El trabajo, cuando funciona, va por otro sitio: no por eliminar la salida que hoy tienes, sino por construir un puente hacia un lugar donde el consumo deje de ser imprescindible para sobrevivir.

Si ahora mismo lo que necesitas es hablar con alguien ya, aquí tienes teléfonos gratuitos de ayuda, disponibles 24 horas..

Y si te estás reconociendo en esto

No hace falta que llegues hasta aquí con lo que acabas de leer en ese punto justo de comprensión o de claridad, ni que sepas ponerle nombre.

Basta con la sospecha de que eso que haces a las once de la noche está tapando algo, y con querer mirarlo acompañada.

Puedes escribir o llamar antes de reservar nada y preguntar lo que necesites. Te responderá alguien de mi equipo o yo misma.


Sobre mí

montse-fernandez-psicologa

Psicóloga Gral. Sanitaria Col. nº 19068

Montserrat Fernández

Trabajo en consulta privada desde el 2010 en el Baix Llobregat con pacientes adultos y parejas.

Mi formación:

  • Licenciada en Psicología por la Universitat de Barcelona (2010)
  • Terapeuta EMDR. Asociación EMDR Europa. Nivel I y II. en Adultos. Capacitación y formación Trauma, apego y regulación emocional
  • Máster en Terapia Gestalt. Escola Taller de Gestalt, Barcelona (2006)
  • Formación en psicoterapia integrativa en el programa del Dr. Claudio Naranjo -Programa SAT- (2010-2014)
  • Curso: Disocación Somática y Somatomorfa. Colegio Oficial de Psicólogos en Catalunya (2024)
  • Taller: Bases del tratamiento de la dependencia emocional y traumas de apego en adultos. Colegio Oficial de Psicólogos en Catalunya (2024)
  • Programa mensual de radio en Planeta Prat "Una Ment Desperta"
  • Estudios de fotografía. Institut d'Estudis Fotogràfics de Catalunya.(1993-1996)

catalá y castellano montsefernandez@copc.cat